Las monjas decidieron que debíamos escribir a nuestra madre. Por lo que, el domingo que siguió al de la muerte de nuestro padre, y a la hora establecida para escribir a los familiares (padres y abuelos solamente) la sor de turno nos dictó una carta con todos los lugares comunes que en, aquella época, eran de rigor. Nada de expresar nuestros sentimientos, lo apenadas que estábamos, lo a contratiempo que nos había cogido la noticia. O preguntando a nuestra madre cómo se sentía... Seguro que eso les parecería lacrimógeno en extremo, no formaba parte del guión monjil, así que nos limitamos a prometer todo lo que concernía al comportamiento: "Vamos a ser muy buenas, y obedientes, y estudiosas. Nos portaremos como nunca nos hemos portado (algo que sería bueno para todos, hasta las sores se beneficiarían. Nada de correr por los pasillos, ni hablar en la fila que baja a la capilla, venga estudiar todo el rato y no levantar la voz ni responder "madre, yo no estaba hablando" cuando la monja nos reprendía por charlar fuera de sitio y, aunque sólo cuchicheáramos, era suficiente para castigarnos con un punto menos, o sin recreo, quién sabe...). Muchos de aquellos contenciosos que sacaban de quicio a las doros, no eran más que nimiedades, futesas y nonadas, cosas de niñas, o de adolescentes. Que eso éramos entonces, unas púberes padeciendo los cambios que tal edad conlleva, con las hormonas causando estragos en nuestro carácter, unas veces alegres como unas castañuelas, y otras llorando a mares por cualquier tontería. Las muchachas en flor de las que Proust escribió, a la sombra de las cuáles desearía ponerse más de un homo sapiens de aquellos que andaban a la busca y captura de Lolitas. Aunque nosotras, sensu stricto, estábamos en las antípodas de la protagonista de la novela de Nabokov; más monjiles que otra cosa, incluso vestidas con el uniforme de gala, el abrigo con los botones dorados, el sombrero, los zapatos marrones brillantes... Y, por ende, viviendo en un ambiente conventual, aquel totum revolutum de monjas y niñas con el síndrome premenstrual, y el añadido de la menstruación propiamente dicha, era casi imposible que no hubiera complicaciones, tantas mujeres juntas, unas mandando otras obedeciendo. No quiero ni pensar en los dimes y diretes que se suscitarían en la Clausura, un lugar sagrado al que nosotras no podíamos acceder, y en el que las doros tenían sus dormitorios, sus recreos, sus rezos, además de los de la Capilla. Claro que, pensando en que la jefa de todo el cotarro era la castellana Felisa García, seguro que iba todo sobre ruedas y nadie osaba sacar los pies del tiesto. De higos a brevas, veíamos alguna monja con ojos de haber llorado, quién sabe qué le habría dicho la García. Sale de nuevo a la luz la vida sacrificada de las hermanas coadjutoras, que habían de lavar en el pilón del patio la ropa de todas aquellas mujeres, monjas y alumnas, cuando aún no existían las compresas vulgares y corrientes, ni los tampones, eso ha salido ganando la higiene. Así que aquellas toallitas que se vendían con el nombre de "paños higiénicos" ( a orillas del Lethes, un comerciante recién llegado del rural puro y duro, puso en el escaparate, delante de los antes dichos un "Paños y Génicos" que tembló el misterio)se metían en unos armarios preparados a tal efecto y colocados en los baños, al lado del inodoro. Las hermanas coadjutoras que, como ya queda dicho, eran ni más ni menos que las entonces nombradas criadas o muchachas de servicio, las lavaban en el pilón del patio. Siempre había alguna lavando.
Habría que intercalar aquí la opinión de nuestras maestras, lo que pensaban de nosotros, y todas aquellas cosas que les molestaban, crispaban y sacaban de quicio, con niñas tan distintas unas de otras: Disciplinadas y obedientes unas, rebeldes e indisciplinadas otras. El mayor problema debíamos de ser las que estábamos encuadradas en el el apartado de "Medianas" porque las pequeñas y las mayores eran un mundo aparte. Unas porque aún no habían despertado a la vida, y las otras porque ya estaban de vuelta y podían mostrarse formales y sensatas e incluso servir de espías a la hora de ir con cuentos al mujerío monjil. Bastantes eran pelín místicas y tenían toda la pinta de acabar entrando en la doroteística orden.
La tierra siguió girando sobre su eje y alrededor del sol, sin que se cayera ningún planeta, ni apareciera un cometa en el cielo anunciando el fin del mundo. Al fin y al cabo, sólo era el fin del mundo para un hombre, nuestro padre. Al que, aquel mismo día, acompañarían quién sabe cuántos miles de personas más. Continuamos con los horarios y las actividades de siempre: Misa, oraciones, desayuno, clases, recreo, otra vez oraciones. Comida, paseo si el tiempo lo permitía, clases de nuevo, oraciones, cena, estudio y, finalmente, a las veintidós, "Vamos a la cama, que hay que descansar, para que mañana, podamos madrugar."Así, un millón de años más tarde, cantaban los niños de la familia Telerín. Ah, pero nosotras aún habíamos de ponernos de rodillas en el dormitorio y hacer el examen de conciencia. O mores.
7 comentarios:
yxfHola jose enrique:Contesto aquí a tu comentario. Sobre el hijo de Haro T. que se quería parecer a su padre, qué decir? Supongo que aún no había llegado al apartado freudiano de "matar al padre.." Creo que Haro era otro atormentado como Castilla. Cada uno de ellos, quizá en las antípodas del otro, pero unidos en el dolor de la pérdida de sus hijos, tantos...
Respecto a La Torci, su papi Ferlosio y su mami Carmen, me quedo con Martín Gaite (otra atormentada que añadir a los dos anteriores). De Ferlosio leí algún artículo, poco. Con Carmen me pasó como a ti, fue una de mis preferidas y tengo casi todos sus libros desde Caperucita, hasta visión de Nueva York, que me encanta aún hoy. Pasando por Nubosidad variable y la traducción que hizo del libro de la monja Mariana Alcoforado. Es agradable recordarla, releerla no (excepto el collage de N.Y.). Nunca releo, al menos por ahora.
Dejando a un lado los dimes y diretes que origina la ironia griega, o precisamente por ella, me lo paso pipa leyendo lo que escribes: Lo de tu Blog y los comentarios, nada tiene desperdicio, todo es aprovechable.
De Esperanza te diré que yo la nombro como "Aguirre, o la cólera de Dios." Así la veo, sin los afeites que se pone para aparecer con Laetitia (esta última Carmen Cervera y su protesta arbórea)y convertirse, por mor del disfraz en "Spes et Laetitia" qué feligresas de lujo para Rouco&Varela, S.E. (Societas Eclessiae).
Que tengas un buen domingo.La más grande ya está en "A terra da chispa." Bos días.
Gracias a las cartas que te dictaron las doros, en su día, HAS APRENDIDO A ESCRIBIR, mujer desagradecida.
Eh, eh, eh, para el carro, mariajesus paradela. Las doros, por una vez y sin que sirviera de precedente, sólo nos dictaron aquela carta. Se limitaban a leer lo que escribíamos y, por ende, como ya queda dicho, las respuestas de nuestros padres o parientes. Qué les importaría lo que nos contestaban? Puro y vil cotilleo monjil.
Bueno, pues yo tengo que decir que mis primeras redacciones me las hizo mi hermana la mayor: Hasta que un día no le dió la gana y tuve que ponerme yo y le encontré el gusto...hasta hoy.
José Enrique, dejé de hacer comentarios en tu blog, porque allí es como el Espíritu santo : ahora me verás y ahora no me verás.
Genial ese nombre indú :Noala Tala
Creo, querida, que tienes una fijación con tu hermana la mayor. Y yo, que la conozco desde su más tierna infancia, te diré que non e pra tanto. Ay, filliña, tú naciste con el "don" de la escritura, y no hay hermana mayor que valga. Ya puestos, espero que no te dé por ser la segunda más cordera, que con una por familia basta.
Y qué te parece el silencio de shangay por la zona de los comentarios, qué estará tramando?
...¡te quedaste en un ay! (3)
(suspiro)
Tú, sherí (de sherezade), hablaste de Tita y yo de Noalah Tala; de Aguirre, la cólera de Dios, y te intertextualicé descaradamente; mencionaste ¡nubosidad variable! y me cayó una granizada...¿qué más puede hacer la 3a. ola para tener contenta a la 2ª...un rato?
No puedo tramar nada, la nave sigue yendo y ya está. ¿Qué esfuerzo ímprobo requiere, caminando de puntillas y con el tacto de la piel de un bebé, nenuco, ser el espíritu de la contradicción?
Está claro que lo que funciona para la segunda ola, no lo hace para la tercera. La segunda permanece atada a unos sólidos lazos, basado en las relaciones establecidas desde la infancia y en su recuerdo. Muy profundas, ¿no?, aunque sea por veteranía (perdón, no sean susceptibles).
En cambio la tercera ola debe sobrevivir, a sí misma y a la primera, a la segunda y a las que vengan, planteando nuevas relaciones y medio desmemoriada, gracias a Atenea;incluso, con algún borrón y cuenta nueva. O eso quiero creer.
Pero yo también tengo un recuerdo (soñé que volvía a Manderley), alrededor de la mesa del salón de abajo, en casa de la más grande. Algunos espabilados (los más mayores, tampoco nos hagamos ilusiones), atendíamos entre asombrados y divertidos, la relación entre los hijos de la más grande. ¡Cómo niños!, los estábamos viendo en la posición que seguramente ocupaban, cada uno de ellos, muchos años atrás. (ni eran conscientes de la tercera ola, ni hostias, allí salía de todo).
La segunda de esta segunda ola. ¡Miña nai!. Niega este recuerdo, por activa y por pasiva, diciendo que nunca coincidíais todos, y aporta miles de datos. Y bla, bla, bla. Será un recuerdo inducido.
¡Con lo divertido que era el recuerdo, y resulta que es falso!.
... porque ya puestos, podría recordar, como cada año, llegaba nuestro tío abuelo Frank (tío franchescu le llamaba padre), el comerciante en telas de la gran ciudad del norte, y paseábamos por las montañas y se extendían los manteles de hilo sobre la hierba, y comíamos beluga y sanwiches de pepino, e incluso bebíamos soda. Sobre el centenario roble, apoyaba el bastón de montaña y se quitaba el sombrero, con el monte rosa al fondo. Acabábamos de bañarnos en el lago y cantábamos para él, en clave de sol, Do-Re-Mi (sin Julie Andrews)... en vez de recordar, los 50 metros cuadrados de la robleda del Cacharado, gente pasando en coche y mirando curiosa (¡coño, en pleno pueblo!), las latas de atún y las bolsas de patatas, y una botella de litro o litro y medio de coca cola, año tras año (y así y todo, era divertido, sí, bueeeno.)
Puede que mis recuerdos hayan sido manipulados por la memoria. Sí, seguramente, porque he leído en algún sitio que en la zona del córtex, en el cerebro, hay un mecanismo que borra el recuerdo del dolor físico y síquico. Me alegro de que así haya sido, porque atesoro cosas que José Enrique consideraría sueños, pero a las que no estoy dispuesta a renunciar. La segunda generación,luchó como una valiente. Que haga lo propio la tercera y , cada uno vaya asumiendo su parte.
Y, en relación con que alguien de la tercera, tenga que tener contenta a la segunda, no entiendo el motivo.
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