En aquellos años ejercía como Prefecta la madre García, una monja castellana decidida a conducirnos por el sendero del bien y de la virtud, hacia Dios, con la misma energía que Moisés empleó en llevar a los israelitas a la tierra prometida. Puede que hasta Yhavé Adonai se comunicara con ella a través de un rosal ardiendo, en nuestro jardín no había zarzas, las coadjutoras se encargaban de mantenerlo limpio. Y, para aumentar nuestras virtudes y librarnos de toda mácula dirigía, con mano de hierro, la disciplina, el orden y el concierto, amén de imponernos diariamente misa, rosario, visitas al Santísimo, oraciones al levantarnos y al acostarnos, antes de comer y de empezar las clases... El examen de conciencia de la noche, que dirigía la monja del dormitorio, empezaba con las típicas reflexiones sobre nuestra colegial vida: "Al despertar, di mi primer pensamiento a Dios? Con qué modestia me vestí? Recé con devoción las oraciones? Con las profesoras, fui respetuosa, obediente y agradecida...? " Y así ad infinitum. Creo que rezábamos tanto como nuestras monjiles educadoras. Con la diferencia de que, ellas eran las esposas de Jesús, y utilizaban ese sistema para comunicarse con él; pero nosotras, aunque no en aquel momento, pensábamos casarnos y tener hijos, no nos iba a quedar tiempo para muchos rezos, si ejercíamos como esposas, madres de familia y amas de casa.
Así pues, aprovechando que los días de Carnavales no eran lectivos organizaba, junto con sus allegadas, que era toda la Comunidad, los Ejercicios Espirituales de Iñaki, el de Loyola, en el siglo, Íñigo López de Recalde, fundador de la Compañía de Jesús. El cuál, después de haber sido herido por los franceses en el sitio de Pamplona vio, como Saulo, el de Tarso, la luz. Durante su convalecencia, se dedicó a leer vidas de santos, y ello lo decidió a elegir un camino distinto al que llevaba. Así que el jesuita que dirigía los citados espirituales ejercicios, estaba en la onda de la Prefecta y totalmente imbuído del espiritu ignaciano. Lo cuál lo llevaba a fustigarnos desde el altar y asustarnos con las penas que nos esperaban si no seguíamos la senda de la moral y las buenas costumbres. Máxime cuando vivíamos en una ciudad como Pontevedra que era, durante aquellos tres días, un antro de perdición y pecado, la gente cometía delitos tales que, disfrazarse, ir a los bailongos que el Casino y las diversas sociedades organizaban, bailar agarrado, suelto y lo que le echaran, andar por las calle con máscaras...Algunas externas y mediopensionistas participaban en los festejos, disfrazadas con trajes antiguos, quizá como los que llevaban las damas de alcurnia de los tiempos de Íñigo López de Recalde, ropas del siglo XV para tratar de seducir a los marinos de la Escuela Naval, que hacían estragos entre la población femenina pontevedresa. Iban a los bailes del casino con sus uniformes azules con botones dorados y sus gorras, también azules y, hasta los más bajitos y rechonchos parecían altos y esbeltos.
Mientras la ciudad se divertía, sobre nuestras cabezas se alzaban, cuál espada de Damocles, los Novísimos con todas sus consecuencias. Los cuatro, Muerte, Juicio, Infierno, y Gloria eran, durante los carnavaleros días, el único tema de conversación del padre Gil, S.I. Que, cuál Júpiter tonante y desde el altar de la Capilla, nos relataba con pelos y señales el peligro que, para nuestras almas, suponía el pecado. Ilustrando con ejemplos truculentos las consecuencias que la trangresión de los Mandamientos (sobre todo del Sexto) nos acarrearía: "Un joven que durante toda su vida había sido pacato y temeroso de Dios y nunca cometiera el menor pecado y un día, inducido por un mal amigo comete su primera falta, es atropellado por un tranvía y muere en el acto." Y se encuentra ante un juicio sumarísimo, sin tener opción ni a un abogado de oficio, con un fiscal, Lucifer, que está deseando llevarlo al Averno, do es el llanto y el crujir de dientes. El jesuita aprovechaba también para hacer alguna alusión a las niñas externas o mediopensionistas que no asistían los tres días, seguramente cansadas de bailotear en el casino con sus trajes de noche y los escotes palabra de honor, y culpaba a las mamás de las citadas, por permitírselo. Las cuáles seguramente se llamarían andana y les importaría un bledo la opinión del padre Gil...
Los pecadores siempre eran hombres. Las mujeres, aún a pesar de ser causa de pecado, no morían en los ejemplos del seguidor de Iñaki. Y así, durante tres días, analizando por activa y por pasiva la muerte, el juicio, y el infierno. El padre Gil, alternaba los sermones apocalípticos, con charlas más distendidas, que llamaba pláticas. No obstante, cuando llegaba la meditación sobre la gloria, estábamos angustiadas, agotadas y deseosas de que empezaran las clases...O tempora, o mores.
2 comentarios:
El silencio, imprescindible : Si así no fuese, podría haber alguna infeliz, que, ante un Dios tancruel y vengativo, preguntara donde estaba la justicia divina y, sobretodo, la bondad divina... Lástima que en los novísimos aparezca el Jucio ( te comiste una i).
Los ejercicios espirituales,¡qué decir! por aquí deben ir los tiros de mis traumas y mi agnosticismo o escepticismo o ateísmo o herejía como me dijo una monja de mis tiempos posteriores.Saludos
Publicar un comentario