Metida de lleno en el relato la vida colegial por la zona espíritu, dejé en el tintero la parte contratante de la primera parte, aquélla que corresponde al inicio del curso. Pero los recuerdos son caprichosos, acuden en tropel cuando son convocados y se presentan sin orden ni concierto, entran todos juntos, sin guardar la vez, igual que las cerezas: tiras de una y van todas detrás. Por ello ahora he de darle a la moviola y retroceder al primer trimestre de aquel año,1.950, en el que iniciamos nuestra vida escolar. Un mes, el primero, lleno de novedades, profesoras, niñas, clases, horarios, asignaturas... En el que debíamos de adaptarnos y dejar atrás nuestra anterior vida, entrando de lleno en la disciplina colegial. Un totum revolutum para las nuevas, que las monjas tenían más que programado, pero que las recién incorporadas desconocíamos. Había entre las profesoras, algunas seglares que iban y venían cada día al colegio, pero la mayoría de las asignaturas estaban a cargo de las reverendas madres, muchas de ellas, como ya dije en otra parte, castellanas de Valladolid o Burgos. Muy marcadas casi todas por el paisaje y el paisanaje de aquella tierra de inmensas llanuras sembradas de trigo, sin apenas montañas, para nada parecidas al galaico y agarimoso paisaje que, a su vez, contribuia a que las niñas gallegas estuviéramos en las antípodas de las castellanas monjas y no entendiéramos muy bien aquella sinceridad rayana en la mala educación de la que alguna de ellas hacía gala a la hora de reprender nuestro comportamiento, muchas veces sin que exigiera el guión. No hacía falta, porque el guión lo escribía la interesada y quitaba y ponía, cortaba y cosía, abría y cerraba a su antojo, convencida de que aquéllo era lo que quería Yhavé Adonai. A la viceversa del respective, tampoco ellas, las castellanas nos entendían a nosotros y nos catalogaban como llenas de recovecos y retrancas, poco de fiar en fin.
Así que, después de cumplir con nuestros deberes religiosos y de haber pasado por el Refectorio para desayunar, a las nueve de la mañana empezábamos las horas dedicada a los temas de los cursos de Bachillerato. Recuerdo a la madre Ferreirós, una santa mujer que nos daba clases de Gramática y Dibujo. La madre Borje, una vallisoletana que parecía ajena y lejana, pero era cercana y una buena profesora, Matemáticas y Religión. La madre Niño, recién llegada de la France de la grandeur, nos enseñaba Francés, pero en castellano. Aunque, cuando le tocó trabajar como vigilante del dormitorio, nos hablaba en la lengua de Molíère y en la misma habíamos de responderle. De aquellos idus recuerdo una lectura, "Les moutons de Panirgie" que contaba como un rebaño de carneros se tiraba por un barranco al mar, por seguir al que iba en cabeza que debía de estar pensando en alguna ovejita Lucera que le había quitado el sentido. Una de nuestras compañeras de clase P. Castro, que era muy simpática, y a raíz de dicha lectura, cada vez que bajábamos, o subíamos, en fila a la capilla, al dormitorio, al estudio o al recreo, decía por lo bajo para que no la oyera la monja que iba delante:" Ahí van les moutons de Panirgie."
En clase de Física y Química teníamos a la madre Sáez, también vallisoletana de pro. Tal parece que por aquella zona de la ferrífera Castilla se suscitaban muchas vocaciones religiosas. Quizá la superioridad, tan arbitraria casi siempre, probaba su valor y coraje mandándolas a las tierras galaicas, en lugar de dejarlas en algún convento de su tierra natal. En Labores nuestra profesora era la madre Padín, una tudense a la que salvó la campana, se quedó cerca de su pueblo. Aunque quién sabe por cuántos colegios de otras tierras habría pasado ya, pues era bastante mayor. Ella también vigilaba durante las horas de estudio, ojo avizor para que no charláramos unas con otras en lugar de hacer los deberes del día siguiente. O, las cercanas a las ventanas, miraran hacia el trozo de mar océana que se divisaba a lo lejos.
En el tiempo que duró nuestra vida de internas, pasaron por el Colegio de la Travesía de Isabel II de Pontevedra, un sin fin de monjas. Algunas permanecían curso tras curso, otras eran destinadas a otro internado y volvían al cabo de algún tiempo. Y a más de una, de las que se rumoreó que habían dejado los hábitos, no las volvimos a ver. La madre Borje tenía una hermana que no estuvo mucho tiempo, las Botana, hermanas de aquella niña que me consoló el día de mi entrada en el Colegio, también desaparecieron sin dejar rastro. Aparte de la entonces Maestra General (nunca supe qué significado tenía este título, pero tengo para mí que lo mismo valía para un roto que para un descosido, como más tarde se demostró) García, había otra M. García que también daba clases. La madre Pedrosa, profesora, aunque no de nuestro curso, a la que también salvó la campana conventual, porque era de Pontevedra. Las madres Román, Calvar, Vidal, Pérez, Izquierdo, Paredes, Martínez, (la ecónoma, preocupada del Debe y el Haber) Merino y Vilar. Merino, había sido secretaria, decían, del ministro Solís Ruíz cuando éste era gobernador de Pontevedra. Cantaba como los ángeles, Merino, no Solís. Aunque el citado daba el cante, se hizo famoso por una frase que merecía estar esculpida en piedra para que la posteridad le tomara la medida a la Dictadura franquista: "Más deporte y menos Latín." Y se quedó tan ancho, el hombriño. La madre Vilar, citada en último lugar merece un capítulo aparte, porque fue un poco como el papa Juan XXIII, abrió ventanas y puertas para que entrara el aire...Seguramente quedan en el olvido muchas monjas que se han perdido en los recovecos de la memoria aunque, si alguna apareciera en el tiempo que dure esta historia, ocuparán el lugar que les corresponde. No sé si justo o injusto, pero así las vi, y así las muestro.
2 comentarios:
"Hay que ponerse trencitas
y bajarse los tupes
y, en vez de medias de seda
usarlas de punto inglés.
Silencio en las filas
sin sostenes la pared
el reglamento exige
cumplimiento del deber...
Mamaíta,papaito,tíos primos y demás
al entrar en el colegio todo lo hay que dejar."
Do,re, mi, fa, sol, la, si, do...Si no me sale, vuelvo a empezar, etc. Qué gran verdad, ni tupés ni medias de seda. Sólo en las fiestas de mucho ringorrango, mmanda chover.
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