sábado, 2 de agosto de 2008

Orat et laborat

Eso eran nuestros días, un continuum de orar y laborar, mucho de lo primero en detrimento de lo segundo. Entonces no nos dábamos cuenta de lo deficiente de nuestra preparación intelectual, pero lo que sí comprobábamos in situ, in vivo, es que la capilla y su parafernalia ocupaban un tiempo que las monjas deberían de haber programado de otra forma. Venía a darnos charlas más de un conferenciante, pero todos eran sacerdotes. Uno de ellos, don Lino, párroco de una de las muchas iglesias de Pontevedra, era un señor mayor y asaz monótono, que convertía la explicación de los hechos evangélicos, en un discurso que aburría a las ovejas, al fin y al cabo nosotros íbamos un poco de moutons de Panurge, o tempora. También dos curas de la Escuela Naval de Marín, don Fidel y don José; excepto las pequeñas, seguro que algunas mayores y medianas estarían encantadas de que trajeran con ellos algún alumno de la Escuela, vestido con aquellos uniformes que los hacían aparecer ante los ojos de las externas y mediopensionistas como los príncipes azules de los cuentos. Escribo algunas, porque había más de una alumna mayor que llevaba muy en serio su categoría de Hija de María y quizá, en su fuero interno, pensaba casarse con el Señor, emulando a sus otras esposas, las reverendas madres. También cuando llegaba la Primavera y el tiempo lo permitía, nos acercábamos, acompañadas por las monjas de turno, hasta Poio, un pueblecito a un paso de Pontevedra en el que había un convento de Mercedarios que, los sábados por la tarde, cantaban la Salve en su iglesia. Era impresionante, en la semipenumbra de la iglesia, ver a los frailes con sus hábitos blancos y las capuchas puestas, cada uno con una vela encendida en la mano, y escuchar sus preciosas voces :"Salve Regina, mater misericordiae, vita et dulcedo. Advocata nostra. Oh clemens, oh pía. Oh dulcis virgo María..." Formaban dos filas, la una frente a la otra, y llegaban desde la entrada hasta el altar. Eso en los primeros años, luego debieron decaer las vocaciones mercedarias, porque cada vez eran menos. Aparte de las alumnas internas, nosotras, iba mucha gente a escucuchar la Salve. El monasterio estaba y está, que alli sigue, en un alto; y, desde la balaustrada del atrio, se veía la mar océana, el Atlántico, como un espejo brillante y rojizo con aquellas puestas de sol tan bellas como las voces de los frailes. Ahí sí fuímos unas privilegiadas, hoy la gente paga por escuchar música sacra. Para que el viaje no fuera sólo dedicado al placer auditivo, nos confesábamos y escuchábamos la segunda misa del día ( la primera tocaba cuando los gallos pontevedreses aún no anunciaran el día). Oímos misas solemnes, algunas cantadas por los mercedarios, rezadas, gregorianas, creo que nuestras prácticas religiosas iban parejas con las de nuestras educadoras. Aunque ellas, por su condición monjil añadirían, quizá, el cilicio y demás penitencias que exigía el guión del convento. No me extraña que más de una, soportando semejante suplicio, estuviera malhumorada y morruda. Extramuros, había exposiciones, conferencias, conciertos, películas a las que habrían podido llevarnos. Tampoco se trataba de que fuéramos a ver "Lo que el viento se llevó" (clasificada por la censura eclesial con un 3R que, traducido al román paladino se convertia en "gravemente peligrosa") pero había otras muchas que hubiéramos podido ver sin peligro alguno para nuestras almas. Pero eso, en aquellos idus, no se podía ni soñar. Ya los paseos cotidianos eran toda una aventura para evitar que nos encontráramos con alguien, sobre todo si se trataba el sexo masculino, un peligro para nuestra inocencia... Por tanto, era impensable que nos llevaran por el Paseo de la Oliva, los jardines de San Francisco, la Herrería o la Alameda, las calles del centro estaban prohibidas. Así pues, nos quedaban los malecones, el Puente de la Barca, "a la barca, barca, me dijo el barquero..." la carretera de Monteporreiro.
Un año cualquiera de los que estuvimos internas, las madres reverendas, nos llevaron de viaje. Nada menos que Santiago de Compostela. Contábamos con un día lúdico, alejado de la rutina diaria, de los rezos, de las clases, una fiesta por todo lo alto. Ya nos veiamos paseando por las calles compostelanas, más contentas que un ocho ( en este caso un montón de ellos) y disfrutando de un día de libertad. Eso sí, vigilada por los ojos de nuestras guardianas. Podían habernos llevado a ver la Catedral dedicada Iago, el Hijo del Trueno, aquel palestino viajero que, según cuenta la tradición, llegó desde su tierra natal hasta el Finisterrae en una barca que surcaba los mares transportando piedra. Fue, aquella jornada, una oportunidad dorada para contarnos la historia del Maestro Mateo, y explicarnos la historia de la construcción de la Catedral, las figuras de la fachada central hechas por aquellos artesanos que eran no sólo eso, sino verdaderos artistas... Enseñándonos la Plaza de la Quintana, y la armonía de su construcción (alguien dijo que no había en el mundo otra igual). Pero no fue así, el día lo dedicamos a visitar el que, en aquellos días, llamaban Cotolengo.Un centro dedicado al cuidado de niños con parálisis cerebral, síndrome de Down y otras enfermedades que cursaban con un patente deterioro físico. Supongo que sería para que perdiéramos la vanidad, si es que aún nos quedaba alguna yendo, como íbamos, vestidas con aquellos uniformes que nos llegaban casi dos cuartas por debajo de la rodilla, el cuello blanco de plástico, las medias de punto inglés...Pero quizá las mentes de nuestras educadoras, además de cuadriculadas y empequeñecidas por el sentido de la culpa, del mal, del castigo de aquel dios ansioso de venganza y pendiente siempre de los pecados que el hombre cometía o iba a cometer, no daban más de sí, y no les interesaba la cultura y su significado. O lo sabían, pero no querían que nosotros lo descubriéramos.

2 comentarios:

mariajesusparadela dijo...

Creo que, ni lo sabían del todo y temían que vosotras lo descubrierais...

Una dijo...

La música y el canto coral y el patrimonio artístico y cultural les salva del olvido,de que se lo merezcan.