domingo, 20 de julio de 2008

Los macarrones

Luego subíamos la comedor, al que llamaban "refectorio," una galería habilitada a tal efecto, con las mesas, todas de cristal, alineadas diagonalmente. Los platos, vasos, tenedores, y demás artilugios, producían al contacto con la superficie de las mesas, un ruido ensordecedor, no apto para personas excitables o nerviosas. No debíamos de tener nosotros ninguno de los dos problemas, pues allí desayunábamos, comíamos y cenábamos con la mayor tranquilidad, escuchando, aparentemente, las lecturas piadosas que las reverendas madres consideraban necesarias para nuestra formación religiosa y humana. Vidas de santos y de héroes píos y temerosos de Dios, que nunca salían del buen camino, ni andaban a la deriva buscando aventuras. Muy al contrario, renunciaban a las comodidades del mundo, para llevar la palabra de su dios hasta los confines de la tierra, pasando toda clase de penalidades y sufriendo persecución por mor de sus creencias. O jóvenes colegiales como nosotros, que obedecían las órdenes de sus mayores sin rechistar, así les parecieran injustas y sin sentido. Nosotros también obedecíamos, pero pienso que en aquellos momentos estaríamos más pendientes del condumio que la hermana cocinera había preparado para aquel día, que de cualquier otra cosa. El desayuno era siempre igual, café con leche y pan con mantequilla. La comida no era mala, aunque nunca llegó a igualar la de nuestras casas. Algunas niñas se quejaban o refunfuñaban en voz baja, porque no les gustaba este o aquel plato, cosa que las monjas consideraban de pésima educación y prueba irrefutable de que en sus hogares comían fatal.
Después del desayuno y con la llegada de las externas y las mediopensionistas, empezaban las clases, con un descanso de cinco minutos entre una y otra, y un cuarto de hora de recreo entre las dos últimas, cerca ya del mediodía. A la una bajábamos a la capilla para rezar las plegarias correspondientes. Finalizadas, y en absoluto silencio, con una monja encabezando la fila, subíamos al comedor. Algunas días las reverendas madres se ponían en plan libertario y nos dejaban hablar en lugar de escuchar las lecturas más arriba nombradas. Ésto motivaba que, entre el ruido que el menaje producía en las mesas, las voces y las risas de las internas, con el añadido de las mediopensionistas, aquéllo pareciera una feria. Por eso nuestras educadoras prescindían pocas veces del monacal silencio y continuaban con las lecturas ejemplares.
Un año, no recuerdo cuál, la memoria es caprichosa y selectiva, estuvo como encargada de la cocina una monja portuguesa que nos afligió con unos inventos culinarios de dudoso gusto y nada agradables al paladar colegial. No sé los resultados de su gestión en el colegio del que procedía, pero en el de Pontevedra fue un verdadero desastre. Esperábamos con ansia la hora de la merienda en la que, además del pan, el chocolate, y una naranja, que nos daban las monjas, teníamos acceso a unos armarios habilitados en el office, en los que cada alumna poseía un departamento que guardaba, bajo llave, las delicattessen que sus padres le mandaban de casa: chorizos de la matanza, embutidos varios, sardinas en lata, algún bizcocho...Manjares que saboreábamos aquellos desdichados días, con la esperanza de que llegara pronto la merienda de la siguiente jornada, para reconfortar nuestros afligidos estómagos.
Un mediodía, ya en la mesa y después de una sopa de arroz con cebolla, apareció el primer plato que consistía en unos aguados macarrones con carne, sin pizca de sustancia, a los que no había quien les pusiera virtud. La encargada de la cocina debió de pensar que aquello era bocatti di cardinali, cosa muy adecuada para un convento pero que, a nosotros, no nos pareció nada refinado, ni siquiera sabroso. En cada mesa fuimos poniendo los platos apilados, con el de arriba vacío y los demás llenos de los macarrones con carne que no habíamos sido capaces de tragar. Los vacíos eran los de las colegialas que, imbuídas de la idea del sacrificio y el martirio que transmitía la lectura de las vidas de santos y héroes, querían mortificarse y ganar el cielo. El resto formábamos parte de la clase de tropa, y no nos interesaba el sufrimiento es más, huíamos cobardemente de él. La llegada de tal cargamento a la cocina debíó de motivar un cabreo más que regular de la autoridad máxima cocineril. No digo yo que jurara en arameo, algo impropio de una monja; pero seguro que diría en la lengua de Camoens y de Pessoa, todo lo que los castos oídos de las hermanas coadjutoras que trabajaban a sus órdenes, pudieran escuchar sin detrimento de su virtud. Y, por mor de nuestra osadía y desmadre macarrónico, como castigo estuvimos durante tres días, tomando de primer plato tan denostado manjar.
Mas algo debió de moverse en las alturas, quizá las mediopensionistas se quejaran a sus mamis, y alguna llamaría a la madre Martínez, que era la de las cuentas y recibos, la ecónoma. Diciendo que su niña había perdido peso, o insinuando que había otros colegios donde se comía muy bien... O tal vez mi abuela rezando su salmo favorito, quién sabe...El caso es que la monja portuguesa y sus recetas desaparecieron de nuestras vidas, nos salvó la campana. Qué cosa más apropiada para un convento que una campana.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Lecturas piadosas, a lo peor del Viejo Testamento, donde Dalila era una mala mujer, por cortarle el pelo a Sansón y Judhit era virtuosa y santa por cortarle la cabeza a Holofernes...

Anónimo dijo...

Pienso, señora, que este blog tiene futuro... ¡qué lejos tiene que quedar ese pasado!... Y hay gente que desearía que volviera.

Anónimo dijo...

El Antiguo Testamento no estaba permitido para las menores de edad, no fuéramos a perder la inocencia en el intento. Lo nuestro era la Historia Sagrada corregida y aumentada. Judit era pía a más no poder, y Dalila una mujer perversa. Ah, pero no olvidemos que tanto Judit como Sansón adoraban a Yhavé Adonai. Y Dalila y Holofernes eran enemigos del pueblo elegido. Artemisia Gentileschi, pintora italiana, muestra en uno de sus cuadros, la verdadera crueldad de la ejecución de Holofernes por parte de la piadosa israelita. O tempora...

Una dijo...

¡Qué horror desear que vuelva ese pasado!.¿Cómo podía ser que sea tu experiencia tan igual a la mía?Así de ancladas vivían en el pasado las monjas y sus costumbres,es todo igual,excepto el año.El momento de ir a los armarios era de los más tristes,mis padres no podían mandarme nada por falta de logística,digámoslo así,Aldeadávila y Ciudad Rodrigo no tenían buena comunicación,a pesar de todo pronto tuve buenas amigas que compartían sus cosas conmigo,a ellas se las traían las familias en persona cuando venían a recoger la bolsa de ropa sucia,yo tenía un primo que vivía en un pueblo cerca de allí y venía a recoger mi bolsa de ropa sucia,mi tía la devolvía limpita y con algunas cosas dulces de su panadería que compartíamos las compañeras de dormitorio cuando las luces se apagaban.
A nosotras no nos daban clases ellas,no tenían esa preparación,íbamos al instituto vestidas todas con ese uniforme azul horroroso porque nos diferenciaba del resto del alumnado.Muy interesante tu relato,al final me ayudará para hacer catarsis y quitarme los malos recuerdos de esos tres años.Saludos