viernes, 22 de agosto de 2008

Carpe diem

Me pongo a teclear y trato de recordar el lado amable y feliz de la vida, pero siempre aparecen las sombras, sin ellas no existiría la luz. Y el paso del tiempo, que dicen que es el lenitivo del dolor, de todos los dolores, el gran suavizador de las muchas aristas que nos hieren, tampoco es la panacea universal que todo lo cura. Quizás lo único que hace el tempus, es colocar las cosas en su sitio y darnos una perspectiva del pasado que, mientras lo vivíamos, no éramos capaces de percibir. No creo que sea morboso recordar, es la memoria lo que nos devuelve todo lo que un día grabamos en ella, como un río que no cesa, cada vez con más caudal. Habrá que tratar de que ese caudal no se desborde y nos inunde, nadar entre sus aguas y, aunque sea haciendo el muerto, mantenernos a flote para no hundirnos en el lodo que se ha ido acumulando en el fondo, y contemplar la otra cara de la moneda, la luz frente a las sombras. Nuestro colegio y su parafernalia no eran única y exclusivamente la madre superiora García y su peculiar idea de nuestra educación y formación. Aún siendo el capitán que conducía la nave, había otras "doros" no tan truculentas e histéricas como ella. Y si las alumnas cumplíamos el ideario colegial y no causábamos problemas, todo iba sobre ruedas. Eso sí, con el Reglamento en la mano; con artículos encabezados por el "Está terminantemente prohibido" al que añadían, por ejemplo:"Estar al sol sin sombrero" (en el patio de recreo y los días de sol) "Las amistades particulares" y otros etcs. Lo de las "amistades particulares" es una más de tantas normas necias, numerus stultorum infinitus est, que nos echaron encima aquellas señoritas encargadas de nuestra formación. Aunque el cambio climático ni se vislumbraba entonces, lo de poner un sombrero en los días de sol, no era más que una precaución para que en la puerta de la enfermería, que dirigía una monja portuguesa cuyos conocimientos medicinales se limitaban a dar unos toques con un líquido, creo que yodo, en las gargantas de las alumnas cuyas amígdalas se habían inflamado, no hubiera una cola de niñas pertenecientes a la tribu de los "gargantas rojas."La sor citada solucionaba todo por la vía rápida, sin usar ungüentos ni hierbas medicinales, sino según su dios le daba a entender. Así, cuando alguna de aquellas púberes, llorando a lágrima viva, se quejaba de las molestias que le producía la regla, la mandaba a la cama. Pues eso, que para evitar catarros y gargantas inflamadas, lo del sol tiene un pasar. Pero lo de las "amistades particulares" no era más que una de tantas, entre otras muchas ridiculeces que, a pesar de nuestra bisoñez, ya entonces nos chocaban. Y de la que, todo hay que decirlo, no hacíamos puñetero caso. Todas teníamos alguna niña que nos caía mejor y con la que compartíamos confidencias, pero tratando de no llamar la atención del personal monjil.
Gracias a tan arbitraria norma, las que teníamos hermanas, o primas, gozábamos de un privilegio del que no podía disfrutar el resto de las alumnas. Y era poder dormir en una habitación de dos camas que se comunicaba con otra igual y ésta, a su vez, con el que llamaban "dormitorio rosa." En él se alineaban las camas con sus respectivas cortinas, como ya queda dicho, y dormía la monja que nos vigilaba. Dichos habitáculos familiares eran nombrados, no sé por qué razón "Los tubos" Mi hermana y yo, antes de dormirnos y hablando en susurros, contábamos chistes y nos reíamos debajo de las sábanas. Tales que "Era un hombre tan delgado, tan delgado, que se acostaba en un alambre y se tapaba con un hilo" o "Era una mujer tan delgada, tan delgada, que una vez tragó el hueso de una aceituna, y dio que desconfiar." Y otros de parecido calibre que nos hacían muchísima gracia. Claro que no todos los años tocaba esa lotería; durante nuestra vida colegial, lo recorrimos todos, desde el Externado, que fue el primero, hasta el Rosa, pasando por uno que estaba en el tercer piso ( una especie de gran habitación abuhardillada). Hasta el que, durante el día, era una zona de paso por la que habíamos de movernos para ir al refectorio, al patio de recreo o a los baños.
Pienso que todo lo que estoy contando puede parecer algo inverosímil en el tiempo actual, pero en los de nuestros años colegiales era algo que, salvo excepciones (léase Felisa García y sus milongas) aceptábamos todos. Para comprenderlo no hay más que coger la historia de la Dictadura, con el poder omnímodo de la Iglesia, incluyendo la censura de películas, libros, actitudes... Y el gobierno franquista que, además de encantado de haberse conocido, ejercía el poder con mano de hierro. En realidad, nuestras vidas en nada se parecieron a las de "Las trece rosas" ni la de ninguno de los represaliados por el régimen. A su lado, nosotras nos movíamos en un mundo de lujo y boato.
Volviendo a "Los Tubos" dejo en el aire una historia de la que me enteré a posteriori, y que merece capítulo aparte.

1 comentario:

mariajesusparadela dijo...

Pues el que tuvo, retuvo. Quién me hubiera dado a mi un tubo que compartir con mis hermanas...