martes, 12 de agosto de 2008

Los colores

Si enfocamos, como para hacer una foto, aquel tiempo de nuestras colegiales vidas, nos damos cuenta de que el color que predominaba en nuestro entorno era el oscuro. El azul marino de nuestros uniformes, el marrón de las medias y zapatos...La única nota cromática era el de la ropa de Gimnasia, verde y blanca, como ya queda dicho. A Nené, y a sus inmediatas superiores, les debían de importar bien poco las normas monjiles sobre el color. Las chicas de la Sección Femenina tenían su propio criterio y no se casaban con nadie, es más podían permitirse el lujo de imponerlo, porque la Dictadura que imperaba les daba carta blanca tanto en lo que se refiere a la asignatura de Formación del Espíritu N. como al resto de las enseñanzas que impartían. Claro que no por sus caras bonitas, sino porque convenía para mayor honra y gloria de la causa. Siempre que no se salieran de los límites del decoro y la ranciedad reinante.
A la capilla, ya fuera para asistir a la misa diaria, o cualquier otro tipo de celebración, debíamos de llevar un velo negro cubriendo la cabeza, igual a los que usaban todas las mujeres en aquellos tiempos. Para que no se cayera hacia atrás y nos distrajera a la hora de los actos religiosos, lo prendíamos con un alfiler que llevaba una bola de fantasía y una larga aguja que sujetaba el citado a nuestras colegiales cabecitas. Para las festividades, religiosas, la hermana ropera sacaba del armario otro tipo de velo: Este blanco, largo, con el que desfilábamos por el pasillo de la capilla. Sobre todo en el mes de Mayo que, después de pasar los treinta días dedicadas a ensalazar la gloria mariana, el 31 nos situábmos por orden de estatura, de menos a más, en el pasillo de la capilla e íbamos ocupando los bancos vestidas de gala, con los uniformes impecables, los zapatos brillantes y el velo cubriendo cabeza, hombros y espalda, sujeto con una goma (nada de alfileres) que pasaba por debajo de la barbilla y nos hacía parecer unas novicias a punto de hacer los votos de pobreza, castidad y obediencia para entrar en el convento. Y, para más abundamiento, portando cada una de nosotras una azucena, flor que simbolizaba la pureza. Sin olvidar el canto que dedicábamos a María, la virgen, mater purissima, mater castissima..."Quiero madre guardar pura la flor, que ante tu altar un día te ofrecí, quiero vivir abrasada en tu amor, quiero morir para ir a verte a ti... Madre de amor no quieras permitir, que esta mi flor se llegue a marchitar..." Supongo que ninguna de nosotras analizaba la letra, uno de tantos eufemismo cuyo significado, entonces, ni siquiera adivinábamos. Al menos yo no lo descubrí hasta que habían pasado unos cuantos años y caí del guindo, como número uno de las panolis, en el que me había mantenido sin enterarme de la misa la media. Pero puedo darme con un canto en los dientes porque, aunque tarde, un día lo descubrí. Los chicos de los colegios jesuíticos, entonarían el mismo canto con la misma letra? Lo dudo, lo dudo, lo dudo (música de los Panchos).
Y por la parte que corresponde a las monjas, el negro predominaba sobre todos los demás. El hábito era negro y se componía de una falda amplia y larga, hasta los pies, una capa corta que, rodeando el cuello, les llegaba a la cintura, y una toca ceñida de tal forma a la cabeza que no dejaba ver ni un solo pelo. Dicha toca llevaba debajo una especie de capucha con un adorno blanco, plisado enmarcando la cara. Imagino que por la zona de la lencería todas, ya fueran gordas a secas, llenitas o flacas, utilizarían los que ellas nombraban "sostenes de la santísima virgen." Que debían de consistir, cogito, en una de venda más larga o más corta, más ancha o más estrecha (según la talla de la usuaria) que ceñía la poitrine y la dejaba en plan tabula rasa, completamente lisa. Por la zona de los glúteos, ya se encargaba la gran falda (tipo mesa camilla) de ocultar las redondeces si las hubiera o hubiese. Imagino que la recién pasada posguerra y su parafernalia, y los tiempos en blanco y negro que se vivieron durante la Dictadura, no daban para muchas alegrías.

6 comentarios:

mariajesusparadela dijo...

Los colores de aquel tiempo, aún siendo azul marino o marrón, podrían llamarse simplemente grises. Que gris era la vida en general, aún cuando la de unos era más gris que la de otros, que al llegar a casa en vacaciones, podían preguntar con la boca llena ¿dónde está la mantequilla?

mariajesusparadela dijo...

¿Aún no tenemos ordenador? se echan de menos las entradas en tu blog y los comentarios en el mío.

Anónimo dijo...

Yo tengo un hermano informático.

Sigo agarrado al hilo de Ariadna, más bien apoyado como en un pasamanos, que imagino de bronce.
Ya el abuelo me dejó a la puerta, desde la entrada las veo llegar un poco siniestras, me cogen de la mano para simular su afecto. A mi espalda se cierra el portón de madera y me dejan libre, y las niñas vestidas de azul marino, suben despacio los escalones y se escuchan decenas de pisadas. Entre los barrotes, sus zapatos marrones.

Tiro del hilo..la puerta está entreabierta y no sé si el dormitorio está repleto de camas sobre baldosas negras y blancas, como en "la mala educación" o más bien algo más claustrofóbico tipo "traidor en el infierno" o preparando una fuga como en "evasión o victoria" (sin, por desgracia, alabado sea el señor, steve mcqueen).

Y yo aquí parado por culpa de unos malditos bites. No me atrevo a moverme por si aparece vestida de monja Sara Montiel.

Anónimo dijo...

Relájate, no aparecerá Sara Montiel. A lo mejor su presencia alegraba nuestra vida en el Colegio de aquellas que tú llamas, " las doros." Y, cantando el "fumando espero," podría descubrinos otros mundos ignorados por nosotros. El peligro no sería la manchega Sara, mujer de una tierra donde los molinos de viento que se convertían en gigantes, sino que la "aparecida" fuera la madre Felisa García, martillo de herejes y jefa máxima del convento.
El suelo de los dormitorios no era como el de "La mala educación" sino de madera oscura encerada, que las hermanas coadjutoras mantenían brillante como un espejo, venga darle a la mopa mañana y tarde. Nosotras, inconscientes, cuando nadie miraba, nos deslizábamos tratando de patinar. A veces, y en sueños, veo a las pobriñas persiguiéndome mopa en mano (no me extraña que Odiseo tuviera pesadillas con la destrucción de Troya...). La razón del maderamen de lujo y boato, es que la mansión de la calle Isabel II(dado el historial de la citada y el de su papi Fernando VII, vaya nombrecito para lugar tan santo) era propiedad de los marqueses de Riestra y, en su día, en aquellos inmensos salones que fueron a posteriori nuestros dormitorios, se bailaría hasta el amanecer en las fiestas de sociedad de la Pontevedra de principios de siglo. Las señoras luciendo sus mejores galas y los escotes que aquellos idus permitían, y los caballeros con su chaqué y las medallas y distinciones que le correspondieran por su categoría social y sus hazañas. Y, metidos en Pontevedra, "aquela que e boa vila e da de beber a quen pasa," te informo de que, además de los partidarios de Isabel, había también los de su tío, Don Carlos de Borbón, el legítimo rey si su hermanito Ferdinand no hubiera derogado la Ley Sálica. En la villa pontevedresa le llamaban El Pretendiente y aún hoy existe otra mansión, con su jardincito, que le perteneció- supongo que se la regalarían sus partidarios- Esto lo supe por azar hace un millón de años. Un farmacéutico galaico llegado el País Vasco cuando las cosas empezaron a ponerse pelín complicadas, compró la antes dicha mansión. Por saber, hasta sé quién le puso la cocina de lujo y boato. O tempora, o mores...

Una dijo...

Para mí toda esa parafrernalia era un suplicio,yo ya era consciente de cómo iba el mundo cuando entré en esa Residencia,conocía la música moderna,las muertes de Kennedy y Martin Luther King,tenía las ideas de "Vive y deja vivir" "Haz el amor y no la guerra!.La distancia entre ambos mundos era abismal.Saludos

Una dijo...
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