sábado, 30 de agosto de 2008

Totum revolutum (2ª parte)

Durante el tiempo que duraban las vacaciones de verano nuestra madre, para que no estuviéramos mano sobre mano, "La ociosidad es la madre de todos los vicios" se decía entonces, nos mandaba a clase por la mañana y por la tarde. A las ocho, y hasta las diez íbamos, junto con los hijos e hijas de otras madres que pensaban igual que la nuestra, a recibir enseñanzas de Lengua y Matemáticas, que impartía Abdón A. Como no teníamos ninguna asignatura suspensa, no nos presionaba tanto como a los que habían dejado alguna pendiente para Septiembre. Aún a pesar de tan temprana hora, máxime estando de vacaciones y después de los madrugones colegiales, daba gusto andar por la calle. Desde lejos llegaba el sonido de las máquinas que separaban el grano de la paja en aquella inmensa llanura agrícola que era el pueblo por el que pasaba el Lethes. Las temperaturas eran parecidas a las de la Castilla ferrífera en la que, según decían las monjitas nacidas en Valladolid y aledaños, padecían "Nueve meses de invierno, y tres de infierno." Pues en el pueblo, más o menos. Desde las diez andábamos un poco a la que salta, leyendo un rato, vagueando otro, preparando los deberes al siguiente. Para, después de comer y reposar un ratico, salir hacia la clase de Labores, cuando el sol estaba en pleno apogeo y el calor era insoportable. La distancia no era mucha y la salvábabamos en dos patadas. Pero la galería en la que recibíamos las enseñanzas que nuestra profesora, Angelita, impartía desde su silla ( más alta que las nuestras y desde la que no perdía ripio) se convertía a tales horas, en un horno de aquellos do se cocía el pan en tan lejanos idus. Se suponía que ya pasáramos de los hilvanes, pespuntes, cadenetas, punto de espiga, ojales y zurcidos, todo eso se hacía en el clásico "paño" una trozo largo de tela blanca en el que desde nuestra más tierna infancia éramos introducidas las niñas, de grado o por fuerza, para que supiéramos desenvolvernos con la aguja y el dedal y fuéramos capaces de solucionar no sólo un roto, sino también un descosido. Angelita nos llevaba por la senda de los bordados, tanto de cubre jarras, o cubre vasos, manteles y sus servilletas, como de juegos de cama, si se terciara o terciase. Así pues, ya antes de irnos al colegio de las doros, pusimos iniciales a diestra y siniestra, en toallas, sábanas (éstas también bordadas) y alhomadones. Los bodoques, el realce, el incruste, la vainica ciega, y hasta el punto de cruz, no tenían secretos para nosotras y los acometíamos con mayor o menor fortuna según la habilidad manual de cada una. Había chicas mayores que ya andaban metidas en la tarea de confeccionar el camisón (entonces no existían los pijamas) que Angelita cortaba y la alumna llenaba de bordados y puntillas incrustadas a diestra y a siniestra. Incluso algunas niñas de Ourense que venían a pasar el verano al pueblo, asistían también a las clase. Un de ellas, Angelines M. me enseñó la forma de hacer el punto de cruz sin necesidad de cañamazo, (algo que Angelita no quería ni ver delante). Habíamos de estar en silencio, nuestra profe no era partidaria de que parloteáramos, era ella la que hablaba, mientras corregía lo que no estaba bien hecho. Creo que, en aquellos tiempos, todas las personas mayores estaban imbuídas de un cierto espíritu de disciplina y religiosidad a ultranza. Y hasta algo tan normal como aprender a bordar, tenía un carácter semi sagrado. En el Colegio, y más tarde en la Escuela Normal de Magisterio de Pontevedra, las profesoras de Labores exigían un riguroso silencio. Las clases del verano duraban, creo, desde las quince treinta/dieciséis, hasta las veinte y se hacían interminables, porque eran las peores horas, las de más calor, y máxime en un pueblo con un clima continental. Decían los mayores que era tanto el calor, que caían los pájaros. Yo nunca vi caer a ninguno, será porque estaba bordando. Ad calendas graecas, las de mi niñez, las féminas debían de dominar todo lo concerniente al hogar y su parafernalia, para luego llevar la casa y los hijos, si los hubiere. Y llegar al matrimonio tota pulchra, sin mácula, quiero Madre guardar pura la flor, como las monjas;mas, al fin y al cabo, ellas no llegarían a saber lo que era el débito conyugal, el esposo que habían elegido sólo les exigía oraciones, de nuevo las salvó la campana. Aquélla que sonaba a la hora prima, tercia, nona, la que daba todas las horas de rezos y cantos al amado. Sin embargo, la educación de los chicos era mucho más permisiva, a ellos los medían con otra cinta métrica distinta a la nuestra. Así pues, las aventuras amorosas (con acoso y derribo incluido) pre conyugales, y las post conyugales extramuros, eran moneda corriente entre los machitos... Se decía, sobre todo por la zona de las madres machistas, entonces lo eran todas, que los hombres no traían nada para casa. Errare humanum est, si contemplamos el mal de Venus, las enfermedades del amor, las venéreas, que contagiaban, en más de un caso, a sus santas esposas, manda chover. Ah, pero todo era por mor de la testosterona, que lo mismo sirve para un roto, que para un descosido, ambos en un contexto diferente al de las labores que Angelita nos enseñaba. Así pues, lo mismo andan por la vida en plan don Juan sin fronteras bajando a las cabañas y subiendo a los conventos, que organizan una guerra con todas las de la ley, para conquistar nuevos territorios. Así desde el antecesor al habilis, de éste la erectus y así hasta el sapiens sapiens neanderthalensis...
No sé cómo pude meterme en el berenjenal testosterónico estando, como estaba, en clase de A. Acevedo por la mañana y en la de Angelita por la tarde.Los dejo ya a los dos y vuelvo a las doros. Creo que mi hermana y yo éramos las únicas alumnas del Colegio de Nuestra Señora de los Dolores, Reverendas de Santa Dorotea, que llevamos un equipo tan lleno de bordados, realces y bodoques, toallas con las iniciales a punto de cruz, camisones y combinaciones con puntillas, y todas las costuras vistas con el incruste correspondiente. Horas y horas de trabajo en aquella galería-sauna mientras el resto del pueblo dormía la siesta, bodoque tras bodoque, festón tras festón, letra a letra, contando los hilos para que todo estuviera perfecto. Qué trabajo pasarían las pobres hermanas coadjutoras, empleadas del hogar del Colegio que, por mor de no llevar dote, trabajaban gratis para toda la comunidad... Ellas fueron un viento fresco que purificaba aquella atmósfera cargada de trascendencia y solemnidad, todos nuestros actos encaminado a la mayor gloria de Dios (A.M.D.G. ad maiorem gloriam Dei, o mores), y nada podía ser considerado intrascendente, banal o frívolo. Vuelvo a ellas, a las coadjutoras que, aún a pesar de lo mucho que trabajaban, siempre estaban contentas y de buen humor, siempre haciendo algo, un continuo Orat et labora, y mucho más piadosas que las reverendas.

2 comentarios:

mariajesusparadela dijo...

"Anda mamá dame galletas" traducía yo lo que tu te empeñas en santificar...lo que es el hambre...

Una dijo...

Había olvidado completamente toda esa terminología relativa a las labores.Mis hermanas y yo siempre tuvimos que ir a las permanencias,que era el nombre que se daba a las clases particulares,aunque no suspendiéramos ninguna e incluso nos avanzaban el temario del año siguiente así que empecé a estudiar latín antes que los que estuvieron luego matriculados en 3º.
Saludos