sábado, 23 de agosto de 2008

Totum revolutum (1ª parte)

Fuimos pasando de un curso a otro sin mayores problemas, asistiendo a clases con las distintas monjas, y las profesoras seglares, aprendiendo durante los nueve meses que duraba cada uno de los cursos, las materias correspondientes, desde Matemáticas a Gramática, Geografía e Historia, Latín y Francés, hasta las Labores y el Dibujo. Las notas las daban cada mes y en ellas se especificaba no sólo nuestro avance en las asignaturas, sino también el comportamiento en la clase y en el resto de las actividades que desarrollábamos a lo largo del día. Además del orden a la hora de recoger los libros, ordenar los pupitres y, las internas, también el que manteníamos en los dormitorios a la hora de hacer la cama y dejar nuestras cosas bien colocadas, nada que fuera a distorsionar el aspecto general del lugar donde dormíamos. En aquellos lejanos idus aún no se conocían los colchones Flex y otros de los inventos, cuál las sábanas con puntos de ajuste, sin ir más lejos, que tanto facilitaron la labor de las amas de casa a la hora de hacer las camas. A nuestros colchones, hechos de lana de oveja, pura lana virgen ¿Qué menos en un convento donde la virginidad, como a los soldados el valor, se daba por supuesta? les salían bultos por doquier, y dejar las camas lisas, con las colchas bien estiradas y sin una sola arruga, era una tarea de titanes, imposible de lograr. No obstante, por más difícil que pareciera, algunas niñas lo conseguían. Yo no me encontraba entre ellas, por más que me esforzara estirando de aquí y acullá.
Después de comer, y antes de empezar las clases de la tarde, salíamos de paseo por grupos: mayores, medianas y pequeñas con las tres monjas correspondientes a cada grupo, y recorriendo itinerarios distintos. Todo extramuros de Pontevedra, nada de pasear por la Oliva, el actual barrio viejo, o los jardines que rodeaban la iglesia de San Francisco. Nuestros paseos, si el tiempo lo permitía, se decantaban por zonas do podíamos respirar a pleno pulmón el aire puro de la mar océana, o el del río Lérez que tampoco es manco. Los puentes tenían mucho predicamento a la hora de nuestro solaz diario:El de la Barca, el de la carretera de Santiago, y otro más cuyo nombre no recuerdo, cercano al anterior. Luego los malecones, donde estaba entonces el cuartel do los soldados hacían la mili...Además de la carretera de Marín, donde ya el Lérez daba sus aguas a la mar océana, o Campo Longo. Al regresar del paseo teníamos clase de Labores y Dibujo, las asignaturas más fuertes eran por la mañana.
Los sábados y domingos no eran lectivos y aprovechábamos para hacer limpieza general en el dormitorio, lavarnos la cabeza, ordenar todo lo ordenable y aún lo que no lo era tanto... Hacer los deberes del lunes y escribir a nuestros padres, abuelos o a los mayores en edad, dignidad y gobierno, nada de amigas, amigos o novietes, eso estaba terminantemente prohibido, sin necesidad de que lo reflejara el Reglamento colegial. Las cartas, antes de salir hacia su destino, habían de ser leídas por la madre Prefecta. Al principio, yo pensaba que era por si poníamos faltas de ortografía, pero cuando ví que las contestaciones de nuestros padres a las misivas enviadas desde el Colegio, nos las entregaban abiertas, ya me temí que en aquella movida había más que palabras. Entonces no supe definirlo, ahora lo encuadro en lo freudiano, por más que el pére Segismundo (Freud) le frére Jacques (Lacan) y la tante Julita (Kristeva) no se cuenten entre los santos de mi devoción. Aunque ellos hayan roto muchos tabúes que amargaron al vida de más de uno y una. Pero dejando a un lado la inocencia, lo que hacía el gremio monjil abriendo las cartas de nuestros padres, no era más que vil curiosidad y fisgoneo de la intimidad ajena, algo a lo que no tenían ningún derecho. Los sábados por la tarde, como queda dicho en otro capítulo, nos llevaban a Poio Grande a escuchar la Salve cantada por los frailes mercedarios.
Los primeros domingos de mes, y si las notas lo permitían, no podíamos tener ni un suspenso, nos dejaban salir a comer fuera con una persona de la familia, padres, abuelos o tíos mayores. Viviendo en la tierra por las que discurría el río del Olvido, actual río Limia, era impensable que nuestros padres pudieran venir. Como nuestros abuelos maternos vivían en Villagarcía de Arosa, nuestro abuelo se acercaba en el tren y nos llevaba a pasear por todos los lugares prohibidos durante el resto de las semanas, y a comer en un restaurante donde nos poníamos moradas. Lo cuál no quiere decir que en "las doros" pasáramos hambre o nos dieran mal de comer. Salvo el episodio de los macarrones, las hermanas coadjutoras cocinaban muy bien y el menú era variado.
Para salir íbamos de lo más elegante, uniforme impecable, abrigo, sombrero, guantes y zapatos brillantes, las medias sin arrugas y el pelo peinado como lo exigía el guión. Las niñas de las Doroteas hacíamos competencia a los marinos de la Escuela Naval de Marín, tan pulcras y uniformadas como ellos. Eso sí, sin que nadie corriera el peligro de enamorarse de nosotras o mirarnos como un oscuro objeto de deseo...Aunque alguna monja, imaginativa donde las haya, le comentara a tal o cuál madre que a su hijita, a la hora del paseo, la miraban todos los chicos. Aquí y ahora, me pregunto dónde y cuándo, porque no veíamos un hombre en un kilómetro a la redonda ¿Quién, de 14.30 a 15.30, salía a la calle? Ni hombres ni mujeres, ni abuelos, niños o niñas. Todos estaban comiendo y escuchando la radio tranquilamente. Nuestro abuelo, nos llevaba de vuelta al Colegio antes de las siete, nos daba veinticino pesetas para repartir entre las dos y regresaba a la Estación para volver a su Villagarcía natal. Yo gastaba mis doce cincuenta en estampitas o en un yoyó y mi hermana, más precavida, ahorraba. Mis compras pasaban antes por la censura monjil, ellas se encargaban de facilitarme tanto las estampas de última generación, que vendía la madre Martínez, la que llevaba el Debe y el Haber del convento, y el yoyó lo compraban fuera a través de persona interpuesta, la profesora Fernanda, seguramente. El dinero contante y sonante que sobraba, iba a parar a un sobre con nuestro nombre, que se guardaba en el despacho de la madre Prefecta, al que no teníamos acceder, salvo que fuéramos convocadas por ella, cosa que no deseábamos de ninguna de las maneras. O sea, que salvo las estampas y los yoyós, cumplíamos el voto de pobreza al no tener ningún dinero en nuestro poder, o tempora, o mores.
En cuarto curso de Bachiller, vía profesora Yuji, nos metimos a fondo con la guerra de las Galias. Los verbos y las declinaciones ya los traímos más que sabidos de los cursos anteriores. Yuji era una docente de los pies a la cabeza y dominaba la lengua latina y la castellana sin un error. En ambas se movía, y nos hacía mover a nosotros, como pez en el agua. Amaba su profesión, y sabía enseñar, y transmitir; además de conseguir hacer agradable una asignatura que no tenía muy buena prensa entre los estudiantes.
La madre Sáez, que impartía Física y Química, era parecida a Yuji, pero en monja, a la hora de enseñar. Cuando ella vigilaba el Estudio, paseaba entre los pupitres vigilándonos. Aquellas a las que nos daba clase, ya sabíamos que la asignatura que habíamos de tener en primera línea de pupitre, era la suya. Porque, si fuera o fuese otra, al día siguiente nos llamaba al pie de la tarima desde la cuál las monjas nos daban las clases, para preguntarnos de pe a pa su tema.

5 comentarios:

mariajesusparadela dijo...

José Enrique quiere ponerme un bozal. Defiéndeme tu.

Anónimo dijo...

estás equivocada mariajesusparadela. ¡no me lo pongo yo!...sólo que a veces, piso tarde el freno (acabo de escribir "no piso a tiempo el freno" ¡Cibeles, lo impida!).

pero nada de eso, tú reflexionas sobre algo y yo sobre lo mismo, a mi manera. Juro que nada de censuras. Ni acritud, como decía el otro.

Anónimo dijo...

Perdone rey gudú por utilizar su reino; usted siempre tan ¡pacificador!, sólo hay que verle por paradela, atizando.


A ver si descanso un rato, y me acerco a "freud" a comprarme una tableta de chocolate, que me estoy debilitando.

Sherezade dijo...

Nada de Freud: a la hora del chocolate, la gran área tiene los mejores, yo me decanto por los de Lindt, que son un gozo para el paladar, sobre todo los del 70/85 y 90%. Estos últimos purito cacao y poco azúcar; llenos de polifenoles que ponen la piel como el culito de un bebé. Y por ende, levantan el ánimo o sea, animan.
En cuanto a la Aído y puesto que andamos metidos en el berenjenal de los miembros y miembras, habría que nombrarla Aída y, a través de persona interpuesta, A.Arteta, cantarle el "Celeste Aída..." A la Bibi (no Andersen sino la niña de los ojos de Manolito Chaves, su padrino) la han puesto verde tirios y troyanos. Mas acordémonos de Carmen, no la de Merimé, sino la de Felipe (¡Ay, Felipe de mi vida, que cantaba Mari Pepa) que, en su día, impartió doctrina, con aquello de "jóvenes y jóvenas"... Cosas veredes, buen Cid, que faran fablar las piedras. Y yo con estos pelos.

mariajesusparadela dijo...

ay, que caray, que caray, ¡qué bien lo pasamos!
(no había vuelto a entrar aquí, porque mi blog me avisa de las nuevas entradas, no de los comentarios, por eso no sabía nada de Aída- Aido)